Sant Vicent de Sa Cala

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El historiador Joan Marí Cardona cuenta en sus escritos que la actual Cala de Sant Vicent era conocida en 1478 como la Cala d’en Maians, porque el propietario de la gran hacienda de la zona era Pascual Maians. Éste, a causa de problemas económicos, se vio obligado a subastar aquellas tierras, que permanecieron prácticamente despobladas hasta el siglo XVIII, coincidiendo con la gran explosión demográfica registrada en la isla. Hasta entonces, la zona se consideraba los confines de Ibiza, donde no había trabajo ni comida para quienes no poseían tierras.

Un siglo después, en 1840, recién rematada la iglesia, Sant Vicent contaba con 580 habitantes y era la parroquia con menos feligreses. Sin embargo, en los albores del siglo XX, la localidad pasó a ser conocida como el punto de amarre del cable telegráfico que unía Ibiza y Mallorca y por el encanto de su pequeño pueblo de pescadores, privilegiado por la amplia cala con salida directa al mar. En los años 60 se convirtió en un núcleo urbano volcado en el turismo, que todavía conserva su enorme atractivo y que en invierno representa una balsa de quietud.

(www.ibiza5sentidos.es)

Cargador de sal de Sa Canal

 

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La sal ha condicionado, e incluso determinado la historia de las islas en todo el proceso que la rodea. Desde el trabajo de los salineros hasta la venta del producto final, han sido un centro, tanto económico como social, y por tanto cultural, en la vida de ibicencos y formenterenses cuya vida giraba en torno a ellas para asegurar unos ingresos gracias al comercio que generan.

Aparte obviamente del cagador de la isla de Formentera, de los tres que había llegado a haber en Ibiza a principios del siglo XIX, el de la Sal Rossa y el de es Cavallet a levante, y el de sa Canal en el sur, en el siglo XX sólo uno funcionaba, el de sa Canal, que sigue hoy operativo.

Sus operarios debían estar siempre listos para entrar a trabajar, ya que se llegaban a acumular en el puerto de Ibiza diversos barcos esperando turno para cargar la sal. La urgencia llegaba a ser tal que se los avisaba encendiendo hogueras sobre los montes que rodea n las salinas.A la vista de las hogueras, si eran una o dos, se sabía cuantas cuadrillas debían acudir a sa Canal para cargar la sal, y sabiendo que, en este caso, no existían horarios, sino que se trabajaba hasta que se había cumplido el encargo. Hasta la creación del muelle de carga que todavía hoy existe en sa Canal, el trabajo se efectuaba cargando la sal en unas barcazas de la salinera, que la llevaban hasta el barco que esperaba en unas boyas donde se depositaba en las bodegas. En este momento se unía la sal 52 de Formentera que llegaba con el tren marítimo, en barcazas arrastradas por remolcadores, tanto vapor como diésel (el Salynes y el Salazón), directamente a sa Canal. El muelle de carga construido en sa Canal simplificó a su vez este proceso , ya que permitió cargar directamente la sal con cintas transportadoras en los barcos clientes, sin necesidad de barcazas ni jomaleras que cargasen la sal.

LA COSECHA DE LA SAL: El método tradicional, a grandes rasgos , se ha seguido usando hasta hoy: se hacía entrar agua del mar por unas compuertas y canales hacia los estanques concentradores, que hoy son tres cuartas partes del total, donde el agua se va evaporando. Mientras se mantenía el nivel de agua aportando más caudal del mar según aquel iba bajando. Cuando era llegado un punto en el que la sal está a punto de precipitarse al fondo del estanque, el agua se debía trasvasar a los estanques cristalizadores, donde la sal se iba depositando en el fondo cristalizando en formas cúbicas y con un espesor que no bajaba de los nueve centímetros. Una vez se había llegado en verano a un buen grosor de sal, con suficiente margen antes de las lluvias de septiembre, se rompía la capa y se procedía a recoger. Esos meses se necesitaba una mayor cantidad de mano de obra. La capa de sal era rota por los cavadores con azadas y después amontonada formando largas calzadas de sección triangular con un instrumento llamado tiras o tirazo, una especie de cajón que un operario dirigía y el resto tiraba de él para formar el montón de sal, vigilando no rascar demasiado el bajo de la capa ya que la sal se mezclaría con el lodo. A principios del siglo XIX, el administrador real de las salinas, Jaume Cirer Pons”, afirmaba que, de los naturales de la isla, los mejores cavadores eran precisamente los procedentes de las recién creadas parroquia s de Sant Jordi, Sant Josep y Sant Francesc, las más cercanas a los estanques. Seguidamente, hacia el seis de agosto (el cinco es la festividad de Santa María de las Nieves, patrona de Ibiza), empezaba la labor de recoger la sal acumulada en las calzadas , trabajo destinado a los extractores , traients , que con un cesto en la cabeza cargaban hasta cincuenta kilos de sal para llevarla a las plazas donde se depositaba. Este trabajo fue hecho hasta el siglo XIX con ganado tal como anota el mismo Cirer-, aunque seguramente fue el problema de excrementos que creaban en los estanques lo que llevó a olvidar este método.A pesar de ello, aún en el siglo XX y realizada con las vagonetas de la locomotora, esta tarea era conocida como ses vaques, es decir, «las vacas». La sal, finalmente, era cargada en los barcos que han llegado hasta allí para obtener específicamente este producto, hecho que no ha dejado de producirse nunca y que, antes de la explosión turística, no dejó de aportar un cierto cosmopolitismo a las salinas y a la ciudad , donde esperaban turno los barcos para cargar la sal. El método básico no ha cambiado durante siglos, a pesar de que se haya perfeccionado para conseguir mejores cosechas de sal y de mayor calidad, hasta llegar a la actual mecanización. Lo que sí ha cambiado ha sido la forma de administración de estas salinas y, tras de ella, la sociedad que aportaba la fuerza de sus brazos, reflejando los lentos cambios de la sociedad pitiusa hasta el siglo XIX y la precipitación de éstos en la segunda mitad del siglo XX.

(La sal que no se acaba. Las salinas de Ibiza y Formentera, de Joan Piña Torres)